Por eso me invitaron al Vaticano.
Muchos piensan que el Archivo Secreto del Vaticano (Archivum Secretum) son sótanos oscuros con antorchas. No. Son 85 kilómetros de estanterías modernas con climatización. Trabajaba allí en el tercer piso, restaurando decretos de la época del papa Gregorio IX dañados por la humedad.
Grigorio IX es una figura histórica interesante. Fue él quien, en 1233, instituyó oficialmente la Inquisición. Los historiadores discuten sobre por qué las hogueras se encendieron precisamente entonces. ¿Qué amenaza llevó a la Iglesia a crear el órgano punitivo más cruel de la historia?
Descubrí la respuesta en noviembre.
A nosotros, los especialistas invitados, nos entregaban tarjetas magnéticas con acceso restringido. Pero aquella tarde, el anciano portero suizo, con quien a veces fumábamos en la entrada de servicio, se equivocó con los pases. Me entregó la tarjeta del prefecto superior del archivo.
Me di cuenta de ello cuando regresaba de la pausa a mi sector. Simplemente acerqué la tarjeta al ascensor, golpeé sin querer con el codo el botón inferior sin marcar del panel, y la cabina bajó en silencio.
El descenso fue largo. Unos tres minutos. Se me taparon los oídos, como en un avión.
Las puertas se abrieron y lo que me llegó no fue el olor a papel viejo. Olía a ozono —como después de una fuerte tormenta— y a sangre vieja y coagulada.
El pasillo estaba excavado directamente en la base rocosa. Ni rastro de plástico ni de lámparas de luz diurna. Solo unos tenues leds en el techo. Al final del pasillo había una puerta maciza, parecida a la escotilla de un submarino nuclear, pero toda cubierta de grabados en un latín vulgar. No eran oraciones. Eran sellos protectores.
Soy historiador. La curiosidad es mi enfermedad profesional. La puerta estaba entreabierta; al parecer, alguien había salido antes que yo y no había esperado a que se activara el cierrapuertas. Entré.
Era una sala del tamaño de una cancha de baloncesto. En el centro había un podio rodeado de un grueso cristal antibalas que formaba un cubo. Dentro del cubo hacía frío: el cristal estaba cubierto por una fina capa de escarcha.
Y, en el centro del cubo, de rodillas, estaba 'Eso'.
Imagen ficticia representativa.
Olvídate de los cuadros con cupidos regordetes o jóvenes de cabello dorado con alas de cisne. Lo que vi destrozaba la psique humana con su arquitectura imposible.
La criatura medía casi tres metros y era increíblemente delgada. Su piel brillaba con una luz pálida y lunar, a través de la cual no se veían ni venas ni músculos, solo corrientes pulsantes de algo parecido a plata líquida.
Tenía alas. Pero no eran plumas. Eran estructuras de un material transparentísimo y finísimo, que recordaba a la mica o a la fibra óptica. Estaban rotas, arrugadas y presionadas contra la espalda por pesados grilletes metálicos.
Desde el cuello, las muñecas y los tobillos de la criatura partían enormes cadenas. Estaban hechas de una aleación de plomo y plata y, literalmente, fundidas en el suelo de piedra.
Me quedé paralizado, incapaz de respirar. Y entonces la criatura levantó la cabeza.
No tenía pupilas. Solo dos huecos completamente blancos y resplandecientes. Me miró a través del cristal y, en mi cabeza, sin pasar por los oídos, se oyó una voz. El sonido era como si se desmoronaran las montañas.
«Otro ciego en la casa del carcelero», resonó en mi mente.
Caí de rodillas, agarrándome la cabeza. El dolor era infernal, pero junto con él, las imágenes inundaron mi conciencia. Vi la Tierra desde el espacio, pero estaba envuelta en una telaraña invisible de energía negra.
«He venido a vuestro año 1233», continuó la voz.
«He traído las llaves de vuestra jaula. Vuestro mundo es una zona de cuarentena. Aquel a quien llamáis Dios (Yahvé), para quien se construyen esos palacios dorados, no es el Creador. ¡Es el Carcelero! Se alimenta de vuestra fe ciega, de vuestro miedo y de vuestro sentimiento de culpa. El verdadero Creador es el libre albedrío y la Luz Infinita del Universo (el Cristo Cósmico). Pero, 'los Pastores' no quieren perder a su rebaño».
Vi en mi mente cómo, en el siglo XIII, esa criatura se precipitó desde los cielos en Italia. Cómo los eclesiásticos, al comprender QUÉ había traído, lanzaron contra él un ejército aterrorizados. Cómo lo encadenaron mediante antiguos rituales robados aún de Babilonia. Y cómo el Papa Gregorio IX instituyó la Inquisición para borrar cualquier atisbo de verdad que el ángel hubiera logrado transmitir a la gente.
La Iglesia no es una religión. Es un 'servicio de seguridad'. Carceleros cuya principal tarea es velar por que la humanidad nunca sepa que vive en una prisión.
«Me están absorbiendo la energía para mantener la ilusión», dijo la criatura. «Díselo. Rompe...» .
«¿Eres un ángel o un demonio? ¿Por qué te retienen aquí si traes la verdad?»
«No soy ni lo uno ni lo otro. He llegado desde otros planos de este mundo. No pertenezco al vuestro, pero estoy vinculado a él por un juramento».
«¿Qué juramento?»
«De defender vuestro derecho a la verdad. Toda persona en la Tierra debe saber que el Dios (Yahvé) al que adoráis es, en realidad, el Demiurgo, que desea dominar millones de mundos. Él no ha creado nada. No puede crear nada, solo esclavizar. Por eso, durante milenios, cambia de apariencia y exige sumisión y adoración».
«¿Por qué no puedes escapar? ¿Acaso estas cadenas te retienen?»
«No soy omnipotente y tengo un límite de posibilidades. Quien creó esta jaula no es humano, y conocía muy bien mis debilidades».
«¿Quién la creó? ¿Quién está detrás de todo esto? ¡Cuéntamelo y quizá pueda ayudarte!».
La comunicación se cortó de golpe. Se oyó un portazo detrás de mí. Me di la vuelta y vi a dos hombres vestidos con trajes negros. No eran la Guardia Suiza con trajes de payaso. Eran personas con rostros de asesinos profesionales. Uno de ellos ya estaba sacando una pistola con silenciador.
Sobreviví por un milagro. Me lancé a un hueco técnico, rompí el panel de incendios y pulsé el botón de desbloqueo de emergencia del sistema de extinción. Las sirenas se pusieron en marcha y el pasillo se inundó de espuma y gas. En medio de aquel caos, logré llegar al ascensor de servicio, salir a la superficie y mezclarme con la multitud de turistas en la plaza de San Pedro.
Esa misma noche volé a Estambul, dejando todas mis cosas en el hotel. Al día siguiente, las noticias informaron de que había explotado una bombona de gas en mi habitación de hotel en Roma. Se identificó un «cadáver carbonizado».
Sé que me están buscando. Sé que el Vaticano cuenta con recursos que superan las posibilidades de muchos Estados.
Pero, no puedo callarme. Cuando miréis las cúpulas de las iglesias, el oro de los altares y escuchéis sermones sobre la sumisión y el temor de Dios, recordad: muy abajo, en el frío eterno, cuelga de cadenas de plomo aquel que intentó decirnos que, ¡nacemos libres!
Dmitry Julius - 9 de Junio
Nota adjunta de M. Z./ Muy pocos hombres y mujeres de este mundo como, por ejemplo y entre otros, investigadores en ciencias esotéricas, estudiosos y buscadores sinceros de la verdad..., saben perfectamente que son muchos, muchísimos los secretos que la Iglesia Católica Apostólica de Roma oculta, no solo a la cristiandad sino a la Humanidad entera. ¿Por qué? ¿Por qué alguien decide ocultar alguna cosa? ¡No para que se conozca! ¡En este caso de la Iglesia Católica, sencillamente, para amordazar las conciencias de todos los hombres y mujeres de la cristiandad impidiendo de esta forma la maduración de sus almas así como su crecimiento espiritual y su ¡Liberación! Fue dicho por Jesús, y escrito: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". (Juan 8:32) Pero, "Aquel y Aquellos", (los Arcontes-Elohim) que se alimentan de la energía del miedo, del odio y del sufrimiento, y los llamados "ministros teólogos del Dios-Yahvé" ("los carceleros") están muy satisfechos conque las cosas sigan así como hasta ahora, ¡manteniendo a toda la cristiandad en la ignorancia más absoluta!
Uno de los más grandes secretos que ocultan con extrema habilidad y sabiduría es la verdadera naturaleza e identidad del "dios" del Antiguo Testamento de La Biblia, es decir, YAHVÉ. Hay que precisar que una cosa es el llamado Antiguo Testamento de La Biblia y otra cosa muy distinta es el Nuevo Testamento. En el A. T. se habla del "dios guerrero", Yahvé, "señor de los ejércitos" (celestiales según los teólogos) y, el Nuevo Testamento nos habla del Maestro del Amor y la Compasión, el Ávatar (encarnación de la Divinidad, igual que Buda, Krishna...) el dulce Jesucristo. Que, por cierto, no es hijo de Yahvé, como nos han hecho creer los teólogos de todos los tiempos.
Que Yahvé no es su Padre ya se lo confirmó Jesús a sus discípulos hace 2.000 años. Por lo demás, prácticamente todo lo que, al parecer, dijo este Ser perteneciente a otro espacio-tiempo y que llegó a nuestro mundo en el año 1233, ¡es verdad¡ Nuestros verdaderos Hermanos Mayores de las estrellas de la Confederación de Mundos Intergaláctica que protegen a la Tierra y su población desde el Alba de los Tiempos ya explicaron, en su momento, que en lo que se refiere a Yahvé, no es otro más que el Príncipe de los Arcontes (también llamados Ángeles Caídos). Y, efectivamente, él corresponde a lo que los místicos cátaros llamaban ¡el Demiurgo!
Un Demiurgo es un Ser que se autoproclama como Creador, un Ser que necesita experimentar con la noción de divinidad que reside en Él y que atrae a su paso a otros Seres que sienten la misma necesidad. Estos Arcontes, son Elohims, disidentes de la Fraternidad Galáctica de los Elohim al servicio del Cristo Cósmico, Luz Infinita del Universo. Y, cuando se dice que nuestro mundo es "una zona de cuarentena", es porque los Arcontes, y hace milenios, decidieron crear una forma de mundo holográfico bajo un "pseudodomo", es decir, vibrando de un modo distinto al del resto del Universo. Crearon una "longitud de onda" que diferencia dos universos. Redujeron la frecuencia y longitud de onda de nuestro planeta y, por consiguiente, de todo lo que habita en él. Habría que preguntarse, ¿sabe la cristiandad quién es el Príncipe de los Arcontes (Ángeles Caídos)?
Sobre este Ser, un colonizador de mundos, Yahvé, podría hablarnos mucho Mauro Biglino, Doctor en Historia de las Antiguas Religiones y que trabajó durante 17 años como traductor, para la Editorial San Pablo, del Vaticano..., ¡hasta que descubrió la verdad! ¡Y, fue amenazado de muerte si revelaba la verdad que había descubierto!
¡Habría mucho que decir..., pero, por desgracia, no hay muchos "oídos" preparados para "escuchar" serenamente!











