Bajo su mando se encuentra la orden monástica masculina más grande de la Iglesia católica: casi 15.000 personas que trabajan en 112 países de todo el mundo. Los jesuitas. Desde hace casi 500 años se les conoce como el servicio secreto del Vaticano, los principales titiriteros de Europa y los «cardenales grises», capaces de derrocar a los gobernantes. Los monarcas les temían, los pontífices romanos los prohibieron, y en torno a su riqueza e influencia siguen surgiendo las teorías de conspiración más sombrías.
¿Qué parte de todo esto es mito y dónde empieza el poder real?
Soldados en lugar de mojes.
La historia de la orden comenzó en 1540, y quien la fundó no fue un teólogo, sino un antiguo militar. Ignacio de Loyola, un noble vasco de 30 años, resultó gravemente herido por un balín de cañón en la batalla de Pamplona. Al verse postrado en cama con una pierna destrozada, leyó las vidas de los santos y decidió crear una estructura completamente nueva.
Loyola no necesitaba ermitaños que se pasaran todo el día rezando en celdas cerradas. Lo que necesitaba era una «fuerza especial» intelectual.
La «Compañía de Jesús» (Societas Jesu) se estructuró desde sus inicios según las leyes del ejército: disciplina férrea, jerarquía estricta y obediencia incondicional al general de la orden. Además de los tres votos monásticos habituales —pobreza, castidad y obediencia—, los jesuitas hacían un cuarto voto. Juraban obediencia absoluta personalmente al Papa de Roma. En los estatutos de la orden apareció una formulación tajante: obedecer perinde ac cadaver -«como un cadáver»-, sin voluntad propia, confiando plenamente en las órdenes de los superiores.
Los jesuitas no tenían un atuendo obligatorio, ayunos estrictos ni agotadoras oraciones corales. Su principal arma no eran los rosarios, sino la educación, la diplomacia y la ciencia.
Para influir en el mundo, no es necesario enviar ejércitos: basta con formar a quienes los dirigirán. Los jesuitas comprendieron rápidamente este principio. Comenzaron a abrir masivamente escuelas, colegios y universidades por toda Europa. El nivel de su enseñanza era tan alto que incluso los protestantes enviaban en secreto a sus hijos a estudiar con sus enemigos ideológicos.
En el siglo XVII, los miembros de la orden ocuparon una posición estratégica: se convirtieron en los confesores personales de la mayoría de los monarcas europeos.
Es precisamente aquí donde surge el principal misterio. El confesor del rey lo sabe todo. Escucha las confesiones, aconseja, orienta los pensamientos y perdona los pecados. Los Borbones franceses, los Habsburgo españoles, la nobleza portuguesa… Todos ellos contaban sus secretos en voz baja a hombres vestidos con sotanas negras. Pronto comenzaron a circular rumores por las cortes de Europa: si un rey tomaba una decisión política extraña o declaraba la guerra de forma repentina, significaba que así se lo había aconsejado su jesuita.
La orden tejió una red de agentes por todo el mundo. Los jesuitas se infiltraron en la China aislada, donde ejercieron como astrónomos en la corte imperial de la dinastía Ming. Fundaron sus propios asentamientos-estado en Sudamérica y desarrollaron un comercio a gran escala. Su poder llegó a asustar a la propia Iglesia.
A mediados del siglo XVIII, la influencia de los jesuitas alcanzó su punto álgido, pero los monarcas de Francia, España y Portugal se unieron en su contra. Los reyes ya no estaban dispuestos a tolerar en sus territorios una estructura independiente y poderosa que solo respondía ante el Vaticano y que poseía un conocimiento colosal de los puntos débiles de cada Estado.
Comenzaron a ejercer presión sobre el papa Clemente XIV. Le exigieron que disolviera la orden. En julio de 1773, el pontífice cedió y firmó la bula Dominus ac Redemptor, con la que disolvió oficialmente la «Compañía de Jesús». Se cerraron las escuelas jesuitas, se confiscaron sus bienes y se encarceló al general de la orden.
Y, entonces, ocurrió un suceso que inscribió para siempre esta historia en el panteón de las teorías conspirativas. Un año después, en septiembre de 1774, Clemente XIV, de 68 años, falleció entre terribles sufrimientos. Su cuerpo comenzó a descomponerse rápidamente ante los ojos de los médicos, la piel se cubrió de manchas y los huesos quedaron al descubierto.
Por Roma se extendieron al instante los rumores: el pontífice había sido envenenado por unos jesuitas vengativos. Los partidarios de esta versión siguen creyendo hasta hoy que se utilizó la «acqua tofana», el famoso veneno italiano insípido e inodoro. Los historiadores actuales se inclinan a pensar que el Papa murió a causa del escorbuto o de complicaciones derivadas de un fuerte resfriado, agravadas por un estrés extremo, pero este detalle ha dado pie a las explicaciones más extrañas.
El Papa Negro sale a la luz.
La orden sobrevivió. Cuarenta años después, cuando las guerras napoleónicas se habían apaciguado en Europa, el papa Pío VII restableció oficialmente a los jesuitas.
Hoy en día ya no susurran al oído de los reyes franceses, pero su influencia no ha desaparecido. Dirigen prestigiosas universidades (como la de Georgetown, en Estados Unidos), poseen observatorios astronómicos y están al frente de importantes medios de comunicación y fundaciones benéficas.
Y, en 2013 ocurrió algo que no había sucedido en los 500 años de historia del Vaticano. El cónclave de cardenales eligió a un nuevo pontífice. Se trata del argentino Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco. El primer jesuita en ocupar la Santa Sede. Por primera vez, un miembro de la orden del «Papa Negro» se vistió con las vestiduras blancas.
El secreto de los jesuitas no reside en rituales místicos ni en mazmorras secretas. Su poder real se basaba en aspectos sorprendentemente pragmáticos: mientras otros rezaban por un milagro, ellos construían escuelas, enseñaban idiomas, trazaban mapas del cielo estrellado y recopilaban información. El conocimiento, multiplicado por una disciplina férrea, resultó ser más poderoso que cualquier veneno y más fiable que cualquier ejército.
ЛЕНИВЫЙ ТУРИСТ - 1 de Julio de 2026


