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02 agosto 2018

Mi experiencia en la consulta del médico. (D. Meurois)


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No hace mucho, fui a una consulta médica. Sí, esto también me puede pasar a mí…
Como no soy integrista bajo ningún concepto, sé reconocer, a pesar de sus errores y aberraciones, ciertas virtudes de nuestra medicina clásica occidental. Aunque me incline más hacia un enfoque energético y holístico de la salud, siempre he pensado que toda forma de medicina podía y debía complementarse en función de la naturaleza de los problemas a solucionar.
En mi caso, mi problema era un dolor agudo y persistente que hasta ese momento, nada había conseguido hacer callar, una situación más difícil si cabe, especialmente porque tenía previsto un desplazamiento en breve. Resumiendo, necesitaba recurrir urgentemente a un tratamiento decisivo.
Aquí estoy, pues, en una consulta médica explicando “mi caso” a una joven médico.
  • “Seguramente necesitará una inyección…” me respondió en cuanto terminé.
  • “¿Acaso no hay algunos productos…?”
  • “Sí, sí los hay… productos naturales, pero….”
  • “¿Pero?”
  • “Pero no hay ninguna prueba científica de sus resultados” añadió enseguida bajo un tono categórico.
La médico no sospechó lo que me acababa de indicar. Efectivamente, mientras que pronunciaba las palabras productos naturales, un gesto de desprecio, casi una mueca, se instaló en su cara. Imposible de no verla con lo caricaturesca que ésta había sido, demasiado inducida o demasiado programada por años de estudios universitarios probablemente tiránicos.
Mientras continúo escuchando a la joven mujer, sonrío en mi interior ya que el argumento de su respuesta, magníficamente programado, éste también, lo conocía de memoria desde hacía mucho tiempo. ¡Evidentemente que no podía haber pruebas científicas! Y con razón… los encargados de las investigaciones, son los mismos que los de la Industria farmacéutica y sus lobbies que retribuyen.
No quise entrar en la polémica, era totalmente inútil con mi interlocutora…
A decir verdad, de hecho, estaba sobre todo fascinado por la frialdad de su personaje de joven médico que se asemejaba a una especie de puerta cerrada.
Sí, su saber-hacer me ayudaría con una inyección, eso era casi seguro y, por supuesto, yo se lo agradecería desde el primer instante tras la inyección…
De todas maneras, observándola completamente rígida y terriblemente seria en su despacho desprovisto de la más mínima ventana, tuve la clara sensación de que, entre esa mujer y yo, la persona que más sufría era ella. Sólo podía ver en ella una técnico para quien el cuerpo humano no era más que lo que le habían inculcado: una máquina a reparar.
Ni siquiera un rayo de sol, ni un pedacito de cielo en la pequeña sala donde ella atendía, ni siquiera, tampoco, una sonrisa en su rostro, ni la más mínima palabra impregnada de humanidad…
Pero perenne, sin embargo, la huella memorial de ese rictus que había dejado escapar al pronunciar con reticencia “productos naturales”.
Cuando salí de ahí para volver al aire libre, estuve pensativo… y, por centésima vez, me pregunté por qué los “lugares de medicina” tenían normalmente muy poco de “lugares de salud” y por qué sus ocupantes eran sistemáticamente también ajenos a toda noción elemental de terapia.
En realidad, no… para ser sincero no me lo pregunté ya que ya tenía mi respuesta desde hacía siglos. Era porque nuestra medicina moderna occidental trabaja exclusivamente en horizontal, mientras que el arte del terapeuta se compara al de un tejedor: tiene en cuenta los hilos que la fuerza de la Vida tensa simultáneamente en vertical.
Pero de hecho, y más precisamente, ¿qué es un terapeuta? Es mucho más de lo que definición moderna dice de él. No es sólo alguien que haya estudiado ciertas disciplinas relacionadas con la salud en una óptica llamada “alternativa”. Es ante todo un hombre o una mujer que, por definición y por esencia, está al servicio de la Vida y que, espontáneamente, vehicula una onda de sanación. Su primera ventaja es el carisma. Es él quien construye un puente entre las diferentes dimensiones del ser con la finalidad de reconciliarlas entre sí mismas.
Los Antiguos – que no eran tan ignorantes e idiotas como nos quieren hacer creer – lo sabían perfectamente, consideraban la práctica de todo tipo de forma de cuidados como un arte sagrado. Buscaban la sanación del ser en todas sus dimensiones. Los griegos, entre otros, lo explicaron muy bien. Para ellos, no se podía curar plenamente el cuerpo ignorando la psique que lo habitaba.
Por supuesto, nuestra época ha ganado sin duda alguna en eficacia gracias a su tecnicidad, pero simultáneamente se ha empobrecido: lo humano escasea.
Hoy más que nunca, me parece claro que ya es tiempo de comprender que, mientras que la medicina no integre en ella el espíritu de la actitud o de la postura terapéutica, estará destinada a insensibilizarse junto con los que la practican.
Se cortará de lo esencial y permanecerá un cuerpo sin alma.
Me parece, en lo que a mí respecta, que todo médico que no sea fundamentalmente terapeuta en el fondo de su corazón sería un poco análogo a una persona que no viese bien de uno de sus dos ojos y que se diga a sí mismo “Todo va bien, veo…”  pero que, en realidad, ignoraría la profundidad de la Vida, inconsciente del hecho de que su campo de visión se ha estrechado y sólo le da acceso a una única dimensión de lo que es, es decir, todo en horizontal.
Cuando desconfiamos de la Naturaleza hasta el punto en que sólo su nombre puede ocasionar una sonrisa irónica, éste es el signo de que hemos perdido de vista el sentido de lo que es la Vida.
Ya es hora de actuar… Sé por experiencia que existen médicos y auxiliares que comprenden este lenguaje y que son más numerosos de lo que creemos. Necesitamos urgentemente su valentía para hacer cambiar las cosas…
Daniel Meurois-Junio 2018.
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