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22 septiembre 2017

EL HOMBRE A IMAGEN DEL SOL.


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Cuando miramos al sol, lo primero que vemos es el disco luminoso que siempre tiene la misma forma, la misma dimensión, y que puede ser observado, medido y filmado. Es su cuerpo, pero si queremos estudiar lo que sale de él, la luz que fluye, que surge del centro hacia la periferia, saber lo que es y hasta dónde se esparce en el espacio, no podemos, es imposible; ello rebasa nuestra imaginación. 

El ser humano está construido como el sol: tiene un cuerpo físico determinado, intransferible; pero en cuanto a lo que sale de él, sus pensamientos, sus sentimientos, sus radiaciones, sus emanaciones, ¿qué conocemos? Casi nada......La gente tiende a identificarse con su cuerpo físico; pero van a tener que revisar todos sus conceptos y reconocer que sólo la Ciencia esotérica es verídica porque siempre ha tenido en cuenta los dos aspectos de la realidad: el aspecto objetivo, de los fenómenos que se pueden medir, que no debemos descuidar, y el aspecto espiritual, vivo, las emanaciones y las radiaciones de las que desconocemos su naturaleza y su poder.

Un día os decía: «Los planetas nos tocan, el sol nos toca...» y os sorprendisteis. Sin embargo, es verdad, desde lejos el sol nos toca con sus rayos. y nosotros, que estamos construidos en base al mismo modelo que el sol, por nuestro pensamiento, nuestra alma y nuestro espíritu, poseemos poderes que se extienden muy lejos, más allá de los límites del cuerpo físico. 

De la misma forma que el sol actúa en los metales, las plantas, los animales y los humanos, de la misma forma que penetra, calienta y alimenta, también así, con nuestras emanaciones, podemos transformar a distancia, mejorar y vivificar a las criaturas. Pero, vayamos más lejos: ese disco luminoso que vemos en el cielo, perfectamente limitado, es el cuerpo del sol. 

Lo que sale de él, sus rayos, son sus pensamientos, su alma, su espíritu que visita la periferia para distribuir por todas partes la riqueza y la abundancia. y cuando se han descargado, vuelven al sol para recargarse y partir nuevamente a visitar otras criaturas a través del espacio.

En nuestro cuerpo físico, el representante del sol es el corazón; tiene las mismas funciones, la misma actividad infatigable, sin descanso; incluso cuando los demás órganos se relajan un poco, él continúa su trabajo pues no tiene más que un fin: ayudar, sostener, alimentar, edificar, reparar. No tiene otro pensamiento que el de dar, el de ser impersonal, generoso y lleno de amor. Pero, los humanos ¿se han percatado de que poseen un órgano, el corazón, que es el representante del sol en su cuerpo físico?

Estos rayos, esta luz que el sol envía, corresponden a la sangre: como ésta están colmados de todo lo que es útil, provechoso, benéfico y saludable para todas las criaturas del Universo. Cuando la sangre ha depositado toda la carga de materiales nutritivos, reparadores, curativos, y ha tomado a cambio todas las impurezas, retorna. Pero, no vuelve directamente al sol, al corazón, sino que antes pasa por los pulmones del universo para desembarazarse de las impurezas. 

El planeta que rige los pulmones es Júpiter. La astrología le atribuye más bien el hígado, pero el hígado cumple las mismas funciones en otro ámbito, donde también limpia y purifica el organismo de sus venenos. En Bulgaria, al hígado le llaman «tcheren drob», que se puede traducir por pulmón negro, y los pulmones se llaman «bel drob», pulmón blanco. Ya lo veis, se trata de un parecido extraordinario. En dos lugares diferentes, se encargan de la purificación.

Aunque la astrología atribuye normalmente el hígado a Júpiter, yo se lo atribuyo más bien a Saturno. La mitología puede ayudamos a comprender sus relaciones. En el principio Júpiter se encontraba en el hígado y Saturno en los pulmones, pero cuando Júpiter destronó a su padre, se adueñó del gobierno de los pulmones y precipitó a Saturno al hígado. Saturno lleva una vida subterránea, en las minas, como el hígado que trabaja por debajo del diafragma, en la obscuridad y entre ponzoñas. 

Pero dejemos todo eso y volvamos al sol. La luz que sale del sol, es su sangre. Cuando los rayos han sido utilizados por los planetas, por los innumerables seres del universo -pues el espacio está habitado por millares de criaturas que reciben los rayos y extraen su alimento- se ensombrecen, pierden su luz y su calor; se dirigen entonces a Júpiter que los purifica -la Luna y Saturno participan también de esta purificación- y después vuelven al Sol.

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Luego, recargada de amor, de sabiduría y de verdad, esta fuerza vuelve al espacio, despedida por el sol. Se produce pues una gran circulación en el sistema solar. Este, es un organismo vivo que funciona gracias al sol, el corazón que late y lo alimenta sin descanso. Por eso, se ha tomado el corazón como símbolo de la impersonalidad, del desinterés, del amor: porque ocupa en el Hombre el lugar del sol. 

Es su deseo de dar lo que vuelve al sol tan luminoso y tan cálido. Suprimid en alguien el amor, la bondad, el deseo de ayudar a los humanos y su rostro se apaga, se vuelve tenebroso. Observad a un hombre cuando se dispone a visitar a un amigo enfermo o desgraciado, a llevarle regalos, a decirle palabras de consuelo: su rostro es bello y luminoso. 

Y, observad al contrario, el rostro de un criminal que prepara dar un golpe: es tenebroso, crispado, inquieto, no tiene luz. Tenéis que comprender este lenguaje. Cuantos más deseos sintáis de iluminar, de instruir a los seres y de ayudarles, más aumentará la luz, ensanchándose hasta formar a vuestro alrededor un aura extraordinaria, resplandeciente y luminosa. Es el sol quien posee el verdadero criterio, la medida, la ley absoluta. Por eso, no busco instruirme en otros libros; el sol es el verdadero libro para mí.

Ahora bien, ¿no encontráis extraño que el sol que da e irradia desde hace millares de años, aún no se haya agotado?. Lo que no sabéis es que, en el amor divino, existe una ley según la cual cuanto más dais más os colmáis. No existe el vacío en el universo. Cuando se produce un vacío, inmediatamente algo viene a llenarlo. Esta ley actúa en todos los planos. 

Si lo que dais es luminoso, radiante y benéfico, recibiréis por otro lado elementos de la misma cualidad, de la misma quintaesencia luminosa y radiante. Pero, si emanáis porquerías, inmediatamente vuestro depósito se ensucia. El sol es inagotable porque en su deseo de dar, se colma. Nos envía sus rayos, pero al mismo tiempo recibe sin cesar nuevas energías del infinito, de la inmensidad y del Absoluto. 

Es lo que Él me explicó un día: «Vivo continuamente en el Infinito, en la Divinidad, y al tener pensamientos y deseos purísimos, atraigo también las energías más puras, más luminosas. Aprended de Mí como llegar a ser perfectos, inagotables e infatigables. Tened el mismo fin que Yo, tened por ideal pareceros a Mí, trabajad como yo y constataréis que cuando empleáis vuestras energías para el bien de los demás, poco tiempo después, de pronto, os sentís cargados de nuevas energías». 

¿Cómo ocurre esto? Es un misterio, ¡pero es verdad! Mientras que si gastáis energías en un fin muy personal, necesitáis mucho tiempo para recuperaros, para descansar, para restableceros, y si por desgracia caéis enfermos, harán falta quizá meses y años para curaros. Las criaturas inspiradas por los mejores pensamientos y el mejor ideal se restablecen siempre más rápidamente.

Evidentemente, me diréis que es difícil realizar esta grandeza, esta superioridad del sol... Lo sé, pero si de generación en generación los humanos se perfeccionan, se purifican, se espiritualizan, poco a poco obtendrán las mismas cualidades que el sol: serán infatigables, invulnerables, inagotables y siempre se mantendrán radiantes.

        Omraam Mikhaël Aïvanhov
"Hacia una civilización solar"


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