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08 septiembre 2018

10 experiencias cercanas a la muerte: "Perdí el cuerpo y comencé a flotar".

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¿Sabe alguien cómo es la vida tras la muerte? ¿Hay algo después? ¿Realmente todo termina? Hay quien defiende que, en el tránsito, la vida pasa por delante de nuestros ojos en forma de diapositivas ordenadas. Algunos sostienen que se atraviesa un túnel de luz y que el alma se separa del cuerpo y levita; otros, que familiares ya fallecidos se aparecen para dar un último mensaje. Sea como sea, hay personas que aseguran que “vuelven” de ese trance. 
El martes se celebra la fiesta de Todos los Santos. O el Día de los Difuntos. En ningún momento del año la muerte está tan presente en la sociedad española. Un tema tabú con infinitos enfoques. Uno de ellos es el concerniente a las personas que han vivido experiencias próximas al fallecimiento pero no han muerto. Es lo que se conoce como ECM (Experiencias cercanas a la muerte). 

LOS ORÍGENES DEL ESTUDIO DE LAS E.C.M.

Desde los años 70, la ciencia ha ido recopilando casos y estudiando datos de un fenómeno que, con cierta frecuencia, sucede a más personas de las que creemos. El origen del estudio de éstos fenómenos se lo debemos a dos científicos. Ambos trabajaban tanto como docentes en sus respectivas cátedras universitarias como atendiendo pacientes que a menudo fallecían. Uno de estos científicos fue Raymond Moody, que decidió recopilar todos los casos que se le presentaban. Cuando se acercó al centenar de testimonios los publicó en su primer trabajo: “Vida después de la Vida”.
Casualmente, al intentar dar un enfoque científico al estudio de éstos sucesos, se topó con los trabajos de otra doctora que había comenzado a aplicar el método de análisis científico a los relatos y vivencias de sus pacientes: la doctora Elisabeth Kubbler Ross, autora de “Sobre la muerte y el morir”. Así ambos, sin conocerse y en la distancia, fueron los pioneros modernos en este campo de investigación científica.
EN QUÉ CONSISTE UNA E.C.M.
ECM es el acrónimo de "Experiencias cercanas a la muerte". La más común se refiere al recuerdo que le queda a alguien que "vuelve a la vida" tras un tiempo en el que su cuerpo ha estado clínicamente muerto. Pero hay casos en que el sujeto no es quien muere, sino alguien muy allegado a él que, a pesar de la distancia, visiona o presiente de algún modo la muerte de su ser querido. 
Cristina Lázaro, psicóloga, doctora en Antropología Social y experta en cuidados paliativos, centró sus tesis doctorales en las ECM. Según la doctora, las podrían explicarse teniendo en cuenta cierto tipo de consciencia no ordinaria que podría estar alejada del cerebro y que en la mayoría de los casos estaría asociada a la cercanía de la muerte. 
A continuación presentamos diez casos que han vivido experiencias cercanas a la muerte y que cuentan sus vivencias en primera persona. 

LOS 10 TESTIMONIOS.

"Comprobé que, lo que vi desde arriba, sucedió". 
ARTURO GÓMEZ ANDÚJAR
(49 años, responsable de logística de un almacén de suministros de fontanería, Valencia).
«Con 17 años, un día de verano, mi novia y yo decidimos ir a la playa en moto a hacer unas fotografías. De camino, al cruzar un puente, la rueda patinó y caímos al suelo. La moto y mi novia tuvieron suerte. La peor parte me tocó a mí. Salí despedido y paré con la cabeza de un golpe, sin casco, contra la valla del lateral.
Perdí literalmente el cuerpo y comencé a flotar, viéndome a mí mismo tendido inerte en el suelo con mi novia llorando agachada sobre mí. También recuerdo a un joven que corría hacia allí pidiendo auxilio. Pero la visión cada vez era más difusa porque yo no paraba de coger altura.
De pronto, mi ascenso flotando boca abajo se detuvo por alguien que me asió por la espalda. Quien quiera que fuera, con una voz amigable y serena, me preguntó “¿Dónde vas?” y sin dar opción a responder continuó “Éste no es tu momento. Tienes aún muchas cosas por hacer.”
Recuerdo que me volví para ver a aquél ser. Vestía una túnica blanca, tenía un pelo rubio algo largo y una cara que no se veía bien pero infundía confianza y tranquilidad. Meditando aún las palabras de mi inesperado interlocutor, de pronto me sentía como si fuera viajando cómodo y feliz en un vehículo grande y lujoso, con mucho espacio y un gran motor. Pero en seguida esa sensación desapareció y empecé a notar sangre.
Fue cuando realmente tomé consciencia de lo que me había pasado. Desperté en un coche que resultó ser del chico que desde arriba había visto correr. Vivía junto al puente, y al ver nuestro accidente acudió en nuestro auxilio. Dada la gravedad de mi estado, decidieron enviarme a la clínica San Juan de Dios de Valencia.
Ya en un quirófano, el médico que me atendió no daba crédito. Tenía múltiples fracturas craneoencefálicas. Precisaba suturas por las cejas, por la sien, por la barbilla, de hasta cincuenta puntos. Estaba vivo de milagro. Pero lo más increíble de todo es que yo me encontraba bien, no sentía dolor, ni siquiera me hacían daño al pasarme la aguja y el hilo. Estaba charlando y bromeando con las enfermeras como si nada grave hubiera pasado.
Una vez que todo acabó, comenté mi experiencia con mi novia y comprobé que lo que había visto desde arriba era exactamente lo que había ocurrido. Me ha dado mucho que pensar. No es, desde luego, algo que se vaya contando alegremente a todo el mundo.
Lo que me pasó me lleva a pensar que todos tenemos a alguien que está ahí, junto a nosotros, protegiéndonos aunque no lo veamos. También estoy convencido de que sí que hay vida después de morir: no como ésta, pero la vida continúa».
"Me tengo que ir. ¿No ves que me están esperando?"
JUANRA FERNÁNDEZ
(45 años, Director de cine, Cuenca).
Juanra Fernández
Juanra Fernández Reyes Martínez
«Mi hermano sufrió un accidente de moto que, aunque en principio parecía resultar en alguna herida leve y sin importancia, se complicó al no detectarle una hemorragia interna que, una vez extendida, se hizo incompatible con su vida.
Una mañana, el teléfono sonó para alertarnos de la inminente llegada de su fin. Algo que desde luego es imposible de asimilar. Ninguno imaginamos que el día que cayó al asfalto impulsado por alguien que decidió saltarse una señal de stop desembocaría en una agonía tan rápida y tan compartida por toda la familia.
Todos sabíamos de la proximidad del momento más triste de nuestras vidas, todos menos él. Mi hermano permanecía ignorante de su gravedad, estaba consciente y lúcido, y así se mantuvo durante todo el día, una lucidez sorprendente en relación a su destino.
Los familiares intentábamos no agruparnos en la habitación del hospital para no despertar sospechas en el paciente. Mientras, mi hermano nos hablaba con normalidad. En un determinado momento se incorporó sobre la cama e intentó levantarse. Yo estaba a su lado en ese instante. Siendo ambos los únicos presentes en la habitación, le pregunté sorprendido qué adonde iba. Él respondió con la mirada fija en un punto en el que no había nadie: “Me tengo que ir. ¿No ves que me están esperando?”. Sorprendido aclaré que no había nadie ahí, pero él insistió señalando hacia ese punto vacío.
No fui el único de los que ese día le acompañamos que le escuchó decir cosas similares, incluso llegó a describir a uno de los que habían venido a buscarle, refiriéndose a él con toda naturalidad y como si le conociese perfectamente, añadiendo: “Mirad que guapo está”.
Esa noche murió. Se fue. Yo espero dentro de mi tristeza y de la de todos los que le echamos de menos, que se fuera con alguien que le quiera tanto como nosotros».
"Vi con todo detalle la vida que dejaba atrás"
EMILIO CARRILLO
(58 años, Economista, Escritor y Subdirector de área en la diputación de Sevilla).
Cedida
Cedida
«Mi experiencia tuvo lugar en la tarde del 29 de noviembre de 2010 en la UCI de un hospital de Sevilla. Tenía en ese momento 52 años. Una caída bajando un monte me provocó una fractura de peroné; esta, a su vez, una trombosis, y ésta, por fin, un infarto pulmonar. Y a ello se sumó un erróneo diagnóstico inicial del infarto como simple neumonía. A las 24 horas ingresé en la UCI en situación límite.
Lo que sentí de manera clara y diáfana duró casi dos horas de nuestro tiempo. Sería muy extenso compartir en palabras la vivencia, pero puede sintetizarse así:
Para empezar me vi fuera de mi cuerpo, tendido en la cama boca arriba, mientras que yo “flotaba” sobre él y observaba todo lo que ocurría a mí alrededor.
De inmediato, vi con todo lujo de detalles la vida entera que dejaba atrás. Todos y cada uno de los hechos y circunstancias vividos durante mis 52 años, sin excepción y no de manera parcial o resumida, sino ordenada y pormenorizada. No como una película o sucesión de fotogramas que se proyectaran ante mí, sino íntegramente y de forma simultánea. 
Esta visión instantánea de la vida que ha terminado, para mí, proporciona la constatación de que todo tuvo su porqué y todo encaja de manera armónica. No hay ninguna pieza suelta o fuera de lugar en el puzle de la vida.
Seguidamente, pude ver y sentir que estaba acompañado de seres de luz. Pronto tomaron un aspecto reconocible como mi padre, mi madre y varios hermanos de ésta, todos fallecido años atrás. Fue mi madre la que tomó la iniciativa de comunicarse conmigo, preguntándome si me encontraba tranquilo y en paz. No fue una comunicación verbal, pero si percibí su mensaje y también yo pude comunicarme con ellos. Como cosa curiosa, entre los seres de luz estaba una hermana de mi madre que no había fallecido, o al menos eso creí en ese momento. Posteriormente me informaron de que esa persona había muerto estando yo ingresado en la UCI. 
Por fin, tras verme tan bien acompañado, advertí a escasos metros un soberbio túnel de luz resplandeciente en posición horizontal, sin pendiente alguna. Era refulgente y casi deslumbrante. Supe que era la entrada hacia el “más allá”. Casi al final del túnel tuve un contacto con una forma energética que sólo desprendía armonía y un amor inmenso. Y esa forma tomo el cuerpo de Jesucristo. Me tendió sus manos de luz y las entrelazó con las mías, generando en mi ser una experiencia de gozo inenarrable.
¿Por qué volví yo a mi cuerpo físico?. Fue consecuencia de este encuentro con Cristo y de la comunicación que ahí se estableció. Me confirmó que volvería a la vida física recién dejada, para hacer “algo” que sólo sabría una vez trascurrido cierto tiempo tras retornar a ella».
"Estuve tendido sobre un helecho de nubes"
RAMIRO CALLE CAPILLA
(73 años, Escritor, Maestro de Yoga y Meditación, Madrid).
Ramiro Calle
Ramiro Calle. Cedida
«Hace seis años y  medio, explorando en la sabiduría budista en Sri Lanka, cogí una agresiva bacteria llamada listeria. De regreso a Madrid fui ingresado en la Paz, donde sufrí una parada respiratoria. Me pasaron a la UVI. Comunicaron a mis familiares que podían quedarme cuatro horas de vida, pero permanecí tres semanas en coma, debatiéndome entre la vida y la muerte. Hubo días muy críticos, como relato minuciosamente en mi libro "En el Límite". Estuve prácticamente al borde de la muerte.
Tuve un verdadero torrente de vivencias muy intensas y a menudo tormentosas, como si irrumpiera todo el material de mi subconsciente. Los lamas tibetanos dicen que al borde de la muerte y antes de entrar en el bardo (estado intermedio), ya se produce un estado de prebardo, donde surgen visiones y vivencias de todo tipo, acumuladas a lo largo de muchas existencias previas. Hay que discernir si todo ello no sucede por las medicinas que están afectando al cerebro o por el alcance de la la bacteria, que me produjo una meningoencefalitis.
Lo cierto es que las visiones eran más vívidas que las que uno pueda tener en el estado denominado de vigilia. Hubo otros días en que, según mis familiares y una de las doctoras, mi cuerpo estaba como vacío. Seguramente fue uno de esos días cuando tuve una vivísima experiencia de disociación del cuerpo. Durante tiempo estuve tendido sobre un verdadero helecho de nubes, flotando, como tumbado entre las mismas. Era un estado de máxima consciencia y sin el menor temor. Después volví a mi cuerpo, cesaron estos estados de disociación y empecé a recuperarme.
Sin entrar en ningún tipo de elucubraciones, me he limitado a narrar mis experiencias. Lo importante es que el haber estado durante tanto tiempo haciendo piruetas entre la vida y la muerte, me dio un profundísimo sentimiento de humildad y la certeza de que en esta vida lo verdaderamente importante es la compasión». 
"Estando en el fondo del mar apareció un ser"
MARIA LUJÁN Y MARIA JOSÉ NAVARRO ZABALLA
(48 años, empresarias de hostelería en las Negras, Almería).
María Luján y María José Navarro
María Luján y María José Navarro. Cedida
«Somos hermanas gemelas y esto nos ocurrió siendo unas niñas de 7 años.  Estábamos con nuestra madre y su hermana en una playa alejada de la ciudad, donde no hay mucha gente ni vigilancia. Nos metimos solas en el mar para bañarnos en un lugar más alejado. No nos dimos cuenta de que nos acercábamos a una zona peligrosa. El fuerte oleaje nos arrastró mar adentro hasta que no pudimos hacer pie por la profundidad. Luchando por mantenernos en pie, dábamos saltos desde el fondo para coger aire, pero cada vez cubría más. No podíamos nadar y la corriente nos llevaba.
Agotadas y sin fuerzas, dejamos de luchar y nos hundimos. Sabíamos que íbamos a morir. Ya no podíamos respirar y la angustia por ahogarnos dio paso a una inmensa paz. Pero de pronto, estando en el fondo del mar y sabiendo que había llegado ya nuestro fin, apareció un ser que nadó hacia nosotras. Era un hombre que veíamos sin nitidez, como a trasluz. Parecía ir vestido como de buzo antiguo, con casco de inmersión de un relato de Julio Verne. Rápidamente me sacó del fondo del mar y me dejó en la arena, Como le pedí que sacara a mi hermana, sin dudar un momento fue por ella y la trajo.
Descansamos y nos recuperamos del casi ahogamiento que vivimos. Ya repuestas, nunca más hablamos de quien nos rescato. Siempre ha sido para nosotras algo muy íntimo; una experiencia personal e inexplicable. ¿Quién pudo ser aquel ser que nos rescató de aquellas playas salvajes?». 
"Me vi dentro del famoso túnel"
MIGUEL GALÁN DUEÑAS.
(56 años. Crítico musical, escritor y administrativo en el Servicio Andaluz de Empleo. Sevilla).
Miguel Galán
Miguel Galán. Cedida
«Un noche del verano del 79, al cruzar una calle del centro de Sevilla, fui atropellado por un coche que salió de repente a gran velocidad. No me dio tiempo a verlo. El golpe me dejó inconsciente en el suelo con fracturas en la cabeza, rotura del húmero del brazo izquierdo y serias heridas en todo el cuerpo.
No sé durante cuánto tiempo permanecí sin conocimiento, pero cuando desperté sé que estaba rodeado de italianos que había presenciado el accidente. Habían visto al conductor dándose a la fuga.
No se me olvidará lo que viví mientras estaba sin consciencia. Me vi dentro del famoso túnel. Al final vi una luz brillante que me cegaba. A ambos lados del túnel discurrían a gran velocidad imágenes estáticas en blanco y negro de mi vida, con mis padres, mis hermanos, amigos, etc. Imágenes que mostraban momentos que había olvidado, pero que reconocía como propias. Primero aparecieron las más antiguas, las de mi niñez. A continuación, otras más cercanas en el tiempo a mis 17 años. Las observaba tumbado desde el suelo.
No podía pensar, recuerdo que quería saber porqué veía aquello, pero la sucesión vertiginosa de imágenes me lo impedía. No fue, ni mucho menos, una sensación placentera. De hecho no me gustaba nada. Quería salir como fuese de allí».
"Vi un punto de luz con una imagen en el interior"
JAVIER RIOJA GUERRA
(48 años, Empresario del sector de energías renovables. Barcelona). 
Javier Rioja
Javier Rioja. Cedida
«En 1988 cumpliendo el servicio militar en la Academia General Básica de Suboficiales. Me encargaba de ser el chófer de coronel al mando.
Cuando llevaba unos ocho meses de mili, un compañero me contó que mi novia de Tremp me la pegaba con un teniente. Cogí el coche del coronel y baje al pueblo a buscarla. No la encontré a ella pero sí a dos compañeros recién licenciados que necesitaban llegar a Lérida para coger el tren y me convencieron para que los llevase. Yendo ya de camino, en una curva, la carretera desapareció y nos vimos volando sobre un barranco. Por el aire cortamos la copa de un gran pino, dimos la vuelta y caímos boca abajo al campo.
El suelo donde aterrizamos estaba arado y el capó se enterró casi por completo. Recuerdo ver las ruedas girando con el coche clavado en el sembrado, mientras yo subía cada vez más rápido, alejándome, sin saber hacia dónde. Me sentía liberado, como si hubiera estado comprimido dentro de una botella y de golpe saliera de ella. Podía apreciar un punto de luz al final que se hacía grande, con una imagen en su interior. Era mi madre en la cocina de casa fregando los platos con un delantal azul. Note que podía desplazar esa luz para ver otras cosas. 
Recuerdo ver a mi amigo Toni en la cantina, a mi hermana en su casa de Venezuela, cogiendo un teléfono de color rojo que sonaba, a mi abuela abrazándome, mi primer beso con una chica, el agua correr en la riera de el bosque cercano a mi casa, a mi hermano Carlos haciendo ondas con el humo de un cigarrillo...
De repente la imagen cambio y repasé aquel día de principio a fin. Ahí noté como alguien me tocaba preguntándome si me encontraba bien. Abrí los ojos y note algo que me caía en la cara. Yo estaba tumbado en el techo del coche volcado y mi acompañante colgaba del cinturón de seguridad sobre mí. Pregunte qué sucedía y me respondieron que habíamos tenido un accidente. Me desmayé. Cuando recuperé el conocimiento despertaba de un coma de dos días en un hospital de Lérida. Los tres salvamos la vida aquel día.
Tras ésta experiencia perdí por completo el temor a la muerte y aprendí a valorar mucho más las cosas que nos rodean. Durante un tiempo lloraba por nada, me convertí en un sentimental que amaba a todo el mundo. Desde entonces procuro enfocar mi vida en ayudar a los demás».
"Mi padre, joven, vino a despedirse de mí"
CRISTINA DOMINGUEZ SARCEDA
(48 años, Soprano, Madrid).
Cristina Domínguez
Cristina Domínguez. FotoCedida
«Mi padre falleció un 24 de Febrero del 2015. Lo enterramos dos días después y vivimos todo aquello como si fuera una película, que la ves pero que no te está pasando a ti. El sepelio se celebró tan rápido que casi no nos dimos cuenta. Esperábamos que el sacerdote le dedicara unas palabras o que dijese algo más, pero fue un rito muy poco personal, muy metódico, la misa del día tal. Sólo mencionó que se había dedicado a mi padre pero nada más, y cuando nos quisimos dar cuenta, ya estaba enterrado y procedían a cerrar la tapa.  
Nos fuimos todos de allí, y yo, que estaba agotada, me marché a mi casa a dormir. Llegó la noche y lo digo clarísimamente: mi padre vino a despedirse de mí. Me lo encontré, pero además joven, moreno, guapo como él era. Me estaba mirando con una sonrisa preciosa y con una mirada de amor única. Lo decía todo. Me dijo.”Estoy aquí aún. No me he ido todavía porque tenía que venir a despedirte”. Me dio un vuelco el corazón.
Estaba junto a mí, en mi cuarto, pero al mismo tiempo como en un entorno hospitalario, y muy joven. Pero aquella aparición, lejos de asustarme, me dejó como reconfortada. Quedé con una paz tan profunda, que estaba segura de que mi padre estaba bien».
"Me desdoblé como si hubiera otro yo"
JUAN JOSÉ RUIZ SABORIDO
(52 años, conductor, Málaga).
Juan José Ruiz Saborido
Juan José Ruiz Saborido. Cedida
«Todo sucedió a finales de 1993, en el el salón de mi casa en la ciudad de Sidney (Australia). Era domingo y después de comer sentí una presión en el pecho. Me acomodé en un sillón pero no me dormí. De repente me vi envuelto en una aventura que nunca olvidaré.
No recuerdo cómo, pero pasé del estado físico al espiritual. De pronto me encontraba en un lugar completamente oscuro e incomodo en el que me sentía como aprisionado. Tenía algo de miedo y pánico. Por encima de mi cabeza empezaron a surgir como unos trazos de luz que, a gran velocidad, descendían perdiéndose por debajo de mis pies. Después esos trazos se transformaron en una especie de luz ovalada, redonda y amarilla.
Sin saber cómo ni por qué, me desdoblé. Empezó a salir mi yo espiritual por la cabeza como lo más natural del mundo. En ningún momento fue traumático, sino todo lo contrario: placentero, agradable y excitante. Una vez fuera, empecé a observarme y a estudiarme. Era como si hubiera otro yo a unos diez metros de mí. Pensé: "¡Dios mío! ¿Es posible lo que estoy viendo? ¡Pero si estoy en el espacio exterior, viajando por el cosmos!."
De pronto apareció ante mí un gran trozo de universo, todo negro, y en el centro vi un túnel. Me observé viajando a gran velocidad, hacia arriba, dentro de él. Vi una luz cegadora a la que me acerqué muy rápidamente. Instintivamente cerré los ojos, llevándome las manos al rostro para protegerme. Levanté los antebrazos contra mí e incliné un poco mi cuerpo en posición de defensa.
Permanecí en esta posición un tiempo, pero no sucedió nada. Poco a poco empecé a relajarme, suavicé la presión de los brazos hasta que empecé a abrir los ojos y apartar las manos para intentar ver algo de lo que me rodeaba. Terminé descubriendo por completo mi cabeza y abriendo los ojos plenamente. Sentí paz y un inmenso placer».
"De la niebla empezaron a surgir figuras"
IRMA MUÑOZ SIERRA
(46 años. Cantante y compositora, Educadora de Discapacitados Intelectuales. Operadora de Servicios de Emergencias. Madrid).
Irma Muñoz
Irma Muñoz. Cedida
«Yo estaba sola en mi salón, encogida en mi sofá y envuelta en una manta, viendo una película en la tele. Cada vez sentía más y más frío. Era una casa pequeña, de unos 45 metros, y el final del pasillo que lleva a las habitaciones estaba cerca.
El intenso frío dio paso a un fuerte dolor en el pecho y en la espalda. Me sentía francamente mal. Tuve que restregarme los ojos varias veces porque empecé a ver borroso. Al fondo del pasillo parecía haber cierta niebla. Pensando que era cansancio tras la jornada, intenté fijar la vista.
Quería concentrarme en la película, pero con aquél creciente dolor cada vez me resultaba más difícil. Además aquella niebla persistía y yo me puse nerviosa. Siempre he sido miedosa con los fenómenos paranormales.
A medida que mi dolor aumentaba y el tiempo transcurría, de la niebla empezaron a surgir figuras. Una, dos, tres…. Hasta que se convirtió en un auténtico ir y venir. Pasaban de un lado al otro, como si salieran de mi habitación y cruzasen el pasillo. Unas caminaban despacio, otras como con cierta prisa. Algunas se paraban frente a mí y me observaban. Había niños, había ancianos…. Yo sentía miedo, confusión y un intenso dolor. Sé que estaba bien despierta y que aquello no era producto de mi imaginación.
A duras penas reuní fuerzas para levantarme del sofá y llegar hasta mi cuarto, el trasiego de gente seguía, y yo, de un salto me metí en la cama y me tapé hasta la cabeza.Empecé a sentir que mi cuerpo se estiraba en la cama y que mi conciencia se escapaba de mi control. El dolor era fuerte, pero suave y placentero a la vez. Sentía como si mi cuerpo y mi mente se estuviesen separando. No sé cuánto duró.
No me desperté, ya que estaba despierta, pero volví de allí donde me había marchado, tomé conciencia de lo que me había pasado, tomé forma de nuevo, me sentí en mi cuerpo.
A raíz de esto, he tenido otras experiencias, unas parecidas y otras distintas.  Cuando lo he contado, algunas personas no me han creído, otras me han ayudado. Bien porque han vivido algo parecido, bien porque lo respetan y creen que es posible que ocurra».
El Español

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